El Mundial como espejo de la distopía
Cuando el juego deja de ser juego y comienza a jugarnos.
El último Mundial de fútbol volvió a presentarse como la gran celebración universal: pueblos distintos reunidos por una misma pasión, banderas que conviven, historias inesperadas, talento, esfuerzo y emoción compartida. Y todo eso fue real. Hubo belleza, alegría, pertenencia y momentos capaces de recordarnos que la humanidad todavía puede encontrarse alrededor de un juego. Sin embargo, detrás de esa imagen luminosa también apareció otra escena. El Mundial funcionó como un gigantesco espejo en el que la sociedad global pudo contemplar, quizá sin advertirlo, los rasgos de la distopía que ya ha naturalizado.
Decir esto no significa condenar al fútbol. El fútbol nació como juego, creatividad, encuentro, barrio, amistad y celebración. El sistema distopico no lo recrea: lo coloniza. Toma una experiencia tan masivamente humana, como la lúdica, la convierte en producto y, finalmente, la devuelve a la sociedad transformada en un mecanismo de consumo, identificación y captura de la atención.
La primera evidencia fue la mercantilización absoluta. En toda la historia de los mundiales de futbol nunca hubo tanta tecnología, tantos patrocinadores, tantos derechos de transmisión, tantos paquetes de hospitalidad ni entradas tan alejadas de las posibilidades del aficionado común. El acontecimiento que se anuncia como “la fiesta de todos” termina siendo vivido de manera presencial por una minoría que puede pagarla, mientras intencionalmente la mayoría participa a distancia como audiencia, dato, consumidor y objetivo publicitario. El juego pertenece simbólicamente a los pueblos, pero su administración real pertenece a corporaciones, plataformas, federaciones y gobiernos.
Esta contradicción revela una de las operaciones centrales: convertir lo común en mercancía y después vendernos el derecho a sentir que todavía nos pertenece. La camiseta, la emoción, la identidad nacional, la historia del club, el recuerdo familiar y hasta la ilusión de la infancia ingresan en una cadena de valor. Ya no se comercializan solamente productos; se comercializan pertenencias, esperanzas y estados emocionales.
El Mundial también mostró la capacidad actual de influir y de sincronizar a miles de millones de personas. Durante noventa minutos, multitudes dispersas por el planeta sienten al mismo tiempo ansiedad, miedo, euforia, frustración o alivio. Esta comunión puede ser profundamente humana, pero también permite observar el poder de los grandes dispositivos para organizar la atención colectiva.
Mientras la pelota circula, las guerras, desigualdades, violencias, crisis institucionales y sufrimientos cotidianos se retiran momentáneamente del campo visible. No desaparecen: dejan de ser mirados.
No se cuestiona la necesidad de disfrutar un evento deportivo. Toda la humanidad merece celebrar. El problema aparece cuando la distracción deja de ser una pausa elegida y se transforma en una forma permanente de administración de la consciencia. El espectáculo ofrece una experiencia de participación intensa, pero limitada: gritamos, discutimos, opinamos y creemos intervenir en un acontecimiento histórico cuando, en realidad, nuestra función principal es mirar, consumir y reaccionar.
Surge entonces la identidad delegada. La persona, debilitada en sus vínculos, en su comunidad y en el sentido de su propia existencia, encuentra durante el torneo una respuesta inmediata a la pregunta “¿quién soy?”: soy esta camiseta, esta bandera, este equipo, este país, este reclamo... La pertenencia puede ser noble y amorosa; el problema comienza cuando sustituye a la identidad consciente. El otro deja de ser una persona y se convierte en adversario, rival, enemigo, provocación, amenaza u objeto de juicio e ira. La alegría propia necesita entonces la derrota ajena, y la frustración deportiva puede convertirse en agresión, humillación o violencia.
La política tampoco quedó fuera del estadio. Por el contrario, utilizó el torneo como escenario de legitimación, prestigio y propaganda. Los mismos “gobernantes” que dividen a sus sociedades se exhiben como anfitriones de la unidad mundial. Estados que restringen y atacan derechos, se presentan como garantes de la fraternidad entre los pueblos. La FIFA proclama neutralidad mientras negocia con poderes políticos, intereses económicos y estrategias geopolíticas.
También la crisis climática apareció de un modo imposible de ocultar. Partidos disputados bajo temperaturas y niveles de humedad potencialmente peligrosos “obligaron” a incorporar pausas de hidratación y sus oportunas tandas de publicidad. Esas pausas fueron integradas al engranaje televisivo y comercial. La realidad ambiental ya no es una advertencia futura: atraviesa el cuerpo de jugadores, trabajadores y espectadores. Pero el sistema responde adaptando el espectáculo para que continúe, antes que interrogando seriamente el modelo que produce el daño.
La tecnología ofreció precisión, velocidad y nuevas formas de vigilancia. No solo del juego. Cámaras, sensores, inteligencia artificial, análisis biométrico y decisiones asistidas redujeron ciertos errores y riesgos. Pero también consolidaron una idea propia de nuestro tiempo: todo debe ser vigilado, medido, registrado y corregido técnicamente. La promesa es eliminar la incertidumbre; el costo puede ser que paradójicamente, cuanto más perfecta se vuelve la maquinaria, más riesgo existe de que el ser humano quede subordinado a ella.
Sin embargo, sería incompleto observar solamente la oscuridad. El Mundial también mostró algo que la distopía no puede impedir: la emoción genuina de los pueblos, la solidaridad entre desconocidos, el reconocimiento del talento, la alegría de los países pequeños, las historias de superación y la capacidad del juego para suspender por un instante la ilusión de las fronteras. Allí persiste una reserva de humanidad. La oportunidad consiste en observar quien dirige esas fuerzas, evolutivas e involutivas. Quiénes las conducen, hacia dónde las dirigen y para qué las utilizan.
Por eso, ahora que hay “vacío de mundial” surgen las preguntas pertinentes: desde dónde participamos en lo que participamos. ¿Somos espectadores conscientes de un acontecimiento humano o piezas de un dispositivo que decide por nosotros qué mirar, qué sentir, qué comprar, a quién admirar y a quien denigrar? ¿Celebramos un encuentro entre pueblos o aceptamos que la experiencia humana sea gestionada, manipulada, empaquetada, patrocinada y administrada?
Que no se destruya el juego. Recuperarlo. Crear otra manera de vincularnos con el deporte, con la competencia sana, con la pertenencia y con la alegría. Una forma en la que ganar no implique humillar, en la que la identidad no necesite enemigos, en la que la tecnología sirva al ser humano y no lo reemplace ni lo someta, y en la que la celebración no nos haga indiferentes al sufrimiento que continúa fuera del estadio.
La nueva humanidad no deja de jugar. Necesita jugar sin ser jugada. Cuando el juego vuelva a ser encuentro, cuando la camiseta no oculte al ser humano, cuando la alegría no sea una mercancía y cuando la emoción no pueda ser utilizada para nublar la consciencia, el fútbol podrá recuperar su sentido más profundo: no distraernos de la vida, sino recordarnos que todavía somos capaces de crear juntos algo bello, común y verdaderamente humano.
Por Ricardo Grinszpun.
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