Escuchar artículo

San Carlos de Bariloche se encuentra ante una oportunidad histórica y fundacional. Tras casi dos décadas de la última gran reforma de nuestra Carta Orgánica Municipal —sancionada a comienzos de 2007—, la ciudad se encamina a actualizar su ley fundamental. El objetivo es indiscutible: modernizar la estructura legal del municipio y trazar un rumbo de desarrollo urbano, sustentable y de derechos civiles proyectado hacia mediados de siglo. Para canalizar este desafío, el diseño institucional prevé una vía democrática impecable: la convocatoria a una Convención Municipal Constituyente, donde 15 convencionales elegidos de manera directa por la ciudadanía mediante la Boleta Única de Papel tendrán la enorme responsabilidad de redactar la nueva normativa.

Frente a desafíos de semejante magnitud, el principal enemigo del progreso es la pérdida de tiempo y la dispersión de esfuerzos en debates inconducentes. La envergadura del futuro de Bariloche exige máxima seriedad, celeridad y respeto absoluto por los canales legales ya establecidos. Cuando los tiempos modernos apremian, desviar la atención hacia la creación de estructuras intermedias o burocracias temporales no hace más que dilatar las soluciones reales que los vecinos esperan.

En este contexto, la reciente discusión en el Concejo Deliberante en torno a la creación de una "Comisión Especial de Participación Ciudadana" —impulsada por bloques opositores— reabre un viejo debate sobre los límites de las funciones estatales. Bajo una atractiva retórica de apertura y diálogo, la propuesta pretendía erigir un esquema de reuniones periódicas durante seis meses para sistematizar propuestas previas a la Convención. Sin embargo, detrás de esas consignas bienintencionadas, se esconde el riesgo de caer en una demagogia procedimental: la falsa premisa de que para validar la voz del ciudadano es necesario crear un nuevo comité cada vez que se debate un tema importante.

Garantizar la salud de las instituciones implica comprender que los poderes constituidos ordinarios, como el Concejo Deliberante, deben operar estrictamente dentro de sus competencias. Intentar tutelar, precondicionar o moldear el debate antes de que los verdaderos representantes soberanos —los convencionales electos— asuman sus bancas, desvirtúa la naturaleza misma de la reforma. Una cosa es fomentar la participación y otra, muy distinta, es pretender dictar un "temario dirigido" desde el esquema político actual, arriesgándose a partidizar un proceso que requiere consensos técnicos y una mirada a largo plazo, lejos de la especulación del calendario electoral o de la visibilidad política inmediata.

La decisión de poner un freno a este proyecto de ordenanza no debe leerse como un rechazo a la opinión del vecino, sino como una defensa corporizada de la eficiencia y de la propia legalidad. Crear un "pre-órgano" legislativo carece de sustento en la normativa madre vigente y genera una evidente superposición de funciones y recursos. El Concejo Deliberante ya dispone de herramientas permanentes y legítimas de consulta, tales como la Banca del Vecino, las comisiones ordinarias y las audiencias públicas. Multiplicar estas estructuras no solo duplica el trabajo de los equipos técnicos y asesores en detrimento del presupuesto municipal, sino que acarrea severas inconsistencias operativas.

Si los informes de una comisión especial no son vinculantes para la futura Convención, se corre el riesgo de generar falsas expectativas en la comunidad y vaciar de contenido el esfuerzo vecinal. Si, por el contrario, se pretendiera otorgarles un peso formal, se vulneraría de manera directa la soberanía de los 15 constituyentes que el pueblo elegirá en las urnas.

La verdadera participación ciudadana se ejerce de forma transparente en el cuarto oscuro y, posteriormente, dentro de los marcos que la propia Convención Constituyente defina de manera autónoma. Dar espacio a mesas previas con sectores preseleccionados puede terminar sobrerrepresentando a determinados grupos de presión o corporativismos por encima del ciudadano de a pie.

Bariloche necesita mirar al futuro con decisión. La preservación del diseño institucional y el rechazo a las herramientas que complejizan innecesariamente el Estado son la garantía de que la reforma de la Carta Orgánica sea un proceso ágil, transparente y verdaderamente democrático. Menos burocracia previa y más respeto por la soberanía de la futura Convención es el camino para no perder un tiempo vital frente a los grandes desafíos que nuestra ciudad debe resolver.

Autor: admin