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La reforma propuesta por el gobierno argentino introduce modificaciones sensibles: ampliación de las internaciones involuntarias, flexibilización del criterio de riesgo y eventual reaparición de dispositivos especializados. En apariencia, se trata de una respuesta practica a una evidencia que surge de la experiencia: el sistema actual muchas veces llega tarde. Sin embargo, la pregunta central no es si la reforma es necesaria, sino qué tipo de sociedad la impulsa y qué horizonte humano proyecta.

La discusión actual en torno a la reforma de la Ley de Salud Mental en Argentina no es simplemente un debate técnico o jurídico. Es, en su núcleo más profundo, un síntoma de una tensión mayor: cómo una sociedad como la nuestra, atravesada por crisis económicas, culturales y existenciales, decide abordar el sufrimiento psíquico. 

En territorios como nuestra ciudad, esta tensión se vuelve especialmente visible. Aca conviven, por un lado, un modelo de salud mental inspirado en derechos humanos, comunitario y desmanicomializador; y por otro, una realidad concreta marcada por la alta demanda, la escasez de recursos y la dificultad para sostener tratamientos en casos de alta complejidad.

En el modelo vigente, la libertad del paciente es un valor central. Se busca evitar la lógica histórica del encierro y la estigmatizacion. Pero este ideal convive con un sistema que, en la práctica, muchas veces no logra sostener esa libertad con redes reales de contención. El resultado es una paradoja: sujetos formalmente libres, pero existencialmente desamparados. 

La reforma parece inclinar la balanza en sentido contrario. Propone intervenir antes, incluso sin consentimiento pleno, bajo la premisa de prevenir daños mayores. Desde una perspectiva clínica, esto puede resultar razonable. Desde una perspectiva filosófica, abre interrogantes más profundos: ¿hasta qué punto una sociedad puede decidir por la subjetividad del individuo? ¿Dónde termina el cuidado y comienza el control? 

En Bariloche, donde ya existe una red comunitaria activa pero tensionada, este cambio podría tener efectos ambivalentes. En el mejor de los escenarios, permitiría abordar casos graves con mayor eficacia, reducir situaciones extremas y ofrecer respuestas a familias desbordadas. Pero este escenario depende de una condición que históricamente ha sido frágil en Argentina: la inversión estructural. 

Si la ampliación de facultades no viene acompañada de más dispositivos, más profesionales y mejor articulación institucional, el resultado no será una mejora, sino una intensificación de la crisis. Más demanda sobre un sistema saturado produce inevitablemente mayor fragmentación, mayor desgaste y, en última instancia, mayor sufrimiento.

Aquí aparece un punto crucial que requiere de análisis profundo antes de enviar graciosamente un proyecto al Congreso: la ley no crea realidad por sí sola. Solo habilita posibilidades. La verdadera transformación depende de la capacidad del sistema para encarnar aquello que la norma propone.

Pero incluso más allá de lo operativo, hay una dimensión más profunda que merece ser considerada. Las problemáticas actuales en salud mental —depresión, ansiedad, adicciones— no son únicamente trastornos individuales. Son, en gran medida, expresiones del malestar de una sociedad que acelera, fragmenta, aísla y vacía de sentido la experiencia humana. Y esto produce, inevitablemente, subjetividades en crisis.

En este contexto, las adicciones, por ejemplo, no son solo consumos problemáticos, sino intentos de regulación frente a un vacío existencial. Las crisis psiquiátricas no son solo fallas biológicas, sino también quiebres en la estructura del sentido.

Si la respuesta a este fenómeno se limita a ampliar la capacidad de internación, el riesgo es abordar el síntoma sin interrogar la causa. Es decir, gestionar el sufrimiento sin transformar las condiciones que lo generan.

Aquí se abre la tensión entre dos paradigmas posibles.

Un paradigma, donde el aumento del malestar se responde con mayor control, mayor medicalización y mayor institucionalización. En este modelo, la sociedad se protege de sus síntomas sin revisarse a sí misma.

Y un paradigma de consciencia, donde el sufrimiento psíquico es comprendido también como un llamado a revisar las formas de vida, los vínculos, los valores y los sentidos que organizan la existencia colectiva.

La reforma de la ley puede inclinar la balanza hacia uno u otro lado, pero no lo define por sí misma. Todo dependerá de cómo sea implementada y, sobre todo, del marco cultural que la sostenga.

En Bariloche, como en muchas otras regiones, el desafío no es elegir entre libertad o intervención, sino integrar ambas dimensiones en un sistema capaz de cuidar sin anular, contener sin encerrar y acompañar sin abandonar.

En definitiva, la verdadera pregunta no es qué ley necesitamos, sino qué tipo de humanidad queremos construir. Una que responda al sufrimiento con dispositivos de control, o una que sea capaz de generar condiciones de sentido donde ese sufrimiento no sea inevitable.

La salud mental, en este sentido, no es un problema sectorial. Es un espejo de nuestra sociedad.

 

Ricardo Grinszpun es Psicoterapeuta (ECP - PCA), Director de Psicodrama, Docente, Escritor e Investigador, todos los viernes participa del programa de radio Ideas Circulares (Radio C 107.3).

Autor: admin